martes, 7 de febrero de 2012

Globalización en su máxima expresión

05/02/12
Ignacio Lafuente


Como el título indica, fue un día totalmente internacional, y sobre todo, intercultural. Todo empezó a media mañana, cuando Mariano (mi hermano) me pasó a buscar de modo tal que pudiéramos ir a hacer las compras para el asado. A medida que los preparativos se iban consolidando, el resto de la delegación escolar, a excepción de Josefina (quien tuvo una visita de lujo a la propiedad de Rosita), se reunió en Grosvenor Station.
Luego de que Mariano alcanzara a todos hasta su casa en Potomac, Montgomery Co., MD, en dos tandas, nos dispusimos a picar algo. Colaborando, mínimamente como es debido, por ejemplo, con el condimentado de las ensaladas, nos sentamos a la mesa con un hambre realmente sin precedentes. Los chorizos, el vacío y la tira de asado, nos dieron un regocijo sin igual durante este viaje en cuanto a lo alimenticio, ya que a uno le puede gustar la comida de este país, pero la del propio no se olvida jamás.
Después de comer tuvimos la chance de sintonizar vía Internet el partido que medía a River Plate y a Almirante Brown, dado el interés de los hinchas del primero, y el de los hinchas de Chicago, uno de los clásicos rivales del segundo. No obstante, el cotejo concluyó en una igualdad que no fue tan entretenida, sino más bien frustrante. Continuando con el tema intercultural, los chicos tuvieron la oportunidad de conocer a mi cuñada, Xaviera (que es chilena), y a sus hijas, Camila y Bianca (que nacieron en los EEUU). Una de las cosas que le sorprendió a más de uno fue saber que, pese a vivir en una familia ciento por ciento latina, las chicas contestaban en inglés, y hablaban esa misma lengua entre ellas.

Viendo el Super Bowl en lo de los Menn. 

A la vuelta, consumadas las etapas del helado y el café, nos alcanzaron Mariano y Xaviera con sus autos hasta Grosvenor nuevamente. Tomamos el metro hacia Friendship Heights, y luego de las idas y venidas de Angel, que era prácticamente el dueño de casa y no estaba muy seguro de hacia dónde ir, Sheila, su madre postiza, nos buscó otra vez en dos tandas para llevarnos a su hogar. Allí nos encontramos con amigos de Henry (quien aloja a Angel), amigas (particularmente, unas trillizas, que de parecidas no tenían absolutamente nada), Andrew (quien aloja a Manu J.) y Oliver (quien aloja a su humilde narrador). Está de más decir que las invitaciones incluían a las respectivas familias, y por consiguiente, hicieron presencia en la casa, con toda seguridad, más de veinte personas. Sin embargo, sólo los jóvenes estábamos abajo, en el basement, con el televisor de grandes dimensiones y cualidades. Ahora bien, ¿Qué era todo esto? Por si nadie se percató, se trataba del Super Bowl Party, una fiesta propia de esta cultura norteamericana que busca maximizar el transcurso de la final del fútbol americano de su país fundador. A algunos les importaba lo deportivo, a otros un poco, a otros sólo les interesaban los "comerciales", aquellos espacios publicitarios tan cotizados que son la única razón para que ese espectáculo sea noticia en nuestro país, que tienen fama de ser excelentes durante ese partido. Quiero aclarar que al margen de alguna que otra excepción, dichas publicidades no eran "ni fu, ni fa", por no tener el desagrado de decir que dejaban algo que desear.
Al culminar este episodio de vida social intensa, ni bien el árbitro pitó, las familias comenzaron a abandonar el establecimiento. Sinceramente, terminar un domingo a la noche de esa manera es una tortura única y que no le deseo a nadie, y agradezco que, si bien no estoy de vacaciones, tampoco estoy en las verdaderas clases. Es que volver tan tarde en ese día tan particular, y encima con un clima desierto en las calles por lo pendiente que se está de ese partido, crea una atmósfera sumamente depresiva. De todos modos no quiero ser negativo, fue una jornada increíble, y más allá de los Giants o los Patriots, o River o Almirante, pudimos darnos el lujo de comer en gran cantidad, y si se me permite, calidad. La deuda a pagar fue dormir adecuadamente, pero mentiría si dijera que ya todos nos adaptamos a estos horarios.

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